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Caricuao rebelde: “Aquí no hay coronavirus”

  • Foto del escritor: Melissa Rodriguez
    Melissa Rodriguez
  • 2 jul 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 3 jul 2020


Fotografía: Ances Díaz



Caricuao. 15 de marzo 2020. No suelo ver las cadenas presidenciales, pero esta era importante. “No son vacaciones colectivas, esto es una cuarentena que amerita una gran disciplina social. No se debe salir de la casa salvo para cubrir necesidades básicas”. Así dijo el presidente Nicolás Maduro el día que empezó el confinamiento que ya lleva casi cuatro meses y parece un cuento de nunca acabar.


¿Dónde está tu tapabocas?

En esa primera semana salí a comprar unas cosas en la bodega. Aún no tenía tapabocas. Había leído en Instagram que era solo para los enfermos y sus cuidadores y que los de tela no servían para protegerte del virus. Entonces salí sin nada.


Luego de comprar, ya casi entrando a mi edificio, un vecino me dijo despectivamente: “¿Dónde está tu tapabocas?”. Me dio muchísima pena. A partir de ese momento empecé a ingeniármelas para salir con algo que me tapara la boca, así fuese una bufanda o un suéter enrollado en la cara. El miedo a ser señalada era grande.


De todas formas, no era necesario salir. A pesar de que estaba encerrada, la calle no se veía atractiva. Vivo en un conjunto de bloques que forman un vecindario. Siempre ha sido un lugar ruidoso lleno de vida y música, pero en esos días el ambiente era muy pesado. La calle estaba silenciosa, como nunca antes había estado. Al asomarme por la ventana solo veía a Pupi y al Enano, los dos perros callejeros que viven en el estacionamiento de mi bloque.


Las noticias de la COVID-19 generaron un temor muy grande. Los habitantes creían que la calle no era segura, que el virus vivía en el aire. Estaba allí, o al menos eso era lo que se sentía. Mi vecindario, que siempre había sido tan amigable, estaba cargado de una energía oscura y apocalíptica. Esto se mantuvo por al menos tres semanas.


Caricuao es una parroquia popular del suroeste de Caracas. Es conocida por sus fiestas y reuniones callejeras en las canchas, parques, plazas y estacionamientos. Los sitios pueden variar, pero el anfitrión siempre es el mismo: el alcohol. Es por ello que la parroquia se ha posicionado como un lugar alegre y rumbero que siempre te recibe con musiquita y una cervecita “tipo tranqui”.


En la cuarta semana de cuarentena el estrés empezó a pasar factura. Jorge Pino, mejor conocido como El Viejo, tiene 60 años. Toda su vida ha estado en Caricuao. En los últimos años creó un club de dominó improvisado en una de las áreas comunes del vecindario. Él y un grupo de hombres, principalmente de la tercera edad, se reunían a las 6 pm a disfrutar de intensas partidas que a veces acababan con los primeros rayos de sol.


El viejo y su grupo fueron los pioneros en romper la cuarentena. Muchos los llamaron irresponsables y rápidamente se ganaron el odio de casi toda la comunidad. Un día el viejo fue a desahogarse a la casa. “Al final nosotros vamos a seguir jugando dominó, es una locura quedarnos en la casa”, le decía a mi mamá dejando notar su rabia mientras se fumaba un cigarrillo en el pasillo del apartamento.


Pero ellos no fueron los únicos. Para Alexander, conocido por todos como “Gully”, es un hábito tomar los fines de semana en la placita. Lo ha hecho desde su adolescencia y cambiarlo a sus 33 años no era una opción. Un viernes, cuando llegaba cansada de hacer las compras, vi a Gully tomando en el estacionamiento con sus amigos de las FAES y unas chicas que se veían mucho menores que ellos. Todos estaban sin tapabocas, compartían vasos y recibían las miradas prejuiciosas de los vecinos. “Yo soy duro como una roca ¿Qué me va a estar dando ese virus a mí?”, me dijo tras negarle un trago de anís.


Ya en la séptima semana de cuarentena iba a empezar clases y por no tener internet, tuve que irme a casa de mi mejor amiga. El Caricuao de esos días ya tenía ciertos aires de rebeldía. Algunos habían seguido los pasos de Gully y Jorge. Recuerdo que la bodega todavía no tenía cervezas y un vecino empezó a vender patacones y polarcitas en su casa. Esa noche varias personas amanecieron tomando en la placita. Al día siguiente taché el número “27 de abril” del calendario y me fui. No volví a la parroquia en las próximas cuatro semanas.


¿Qué haces tú con tapabocas?

Caricuao. 14 de junio 2020. Después de cuatro semanas, regresé. Me hacía mucha ilusión ver a mi mamá. Luego de conversar acerca de todo en la salita de la casa, sacó un tapabocas negro de la cartera. Me contó que se lo habían regalado en el trabajo. “Yo me lo pongo por puro paro. Aquí en Venezuela no hay Coronavirus, eso es puro invento del gobierno porque no tienen gasolina”, afirmó. En ese momento yo me convertí en la madre. La regañé, le exigí que se dejara de tonterías y que se cuidara.


Al rato, cuando se me pasó la rabia me puse el tapabocas y bajé con la intención de comprarme un par de cervezas para tomarlas en casa. Mi mamá me había comentado que ya estaban vendiendo. Al salir del edificio atravesé la placita. Había un grupo como de quince personas. Todos jóvenes. Tenían una cava con hielo, una botella de ron y unos limones. Reconocí a algunos amigos y volteé la mirada, pues no quería que me invitaran a ese desastre. Vi cómo compartían cigarrillos, estaban sentados unos al lado de los otros y tomaban del mismo vaso. Ninguno tenía tapabocas.


Al llegar a la bodega se escuchaba la música de uno de los carros del estacionamiento. Un grupo bastante grande echaba cuentos en los alrededores. Otros tomaban y vendían ron. Los niños jugaban y corrían por todos lados. El único con tapabocas era el portugués, el dueño de la bodega, que lo tenía en el cuello.


Al verlos el tapabocas empezó a incomodarme. Pedí mis cosas y quería irme rápido. Aliagny, una amiga de la infancia, llegó justo cuando ya me iba. Me vio sorprendida y me dijo “Melissa, ¿qué haces tú con tapabocas? En el bloque no hay Coronavirus”. Lo dijo riéndose de mí. Primero me sentí ridícula, disfrazada; pero después decepcionada por todos lo que piensan que a esta comunidad el virus nunca llegará.


Mapa interactivo. Descubre la comunidad haciendo clic en los íconos.

Foto satelital recuperada en Google Maps.




 
 
 

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